Ferreterías, mercerías y zapateros: los oficios de tienda que se están apagando en Madrid

El zapatero de mi calle tiene un cartel escrito a boli en la puerta: «Vuelvo en 20 minutos». Lleva ahí, ese cartel, desde que yo era pequeña. Un jueves de mayo entré con unas botas que se me habían despegado por la suela y me dijo, sin levantar la vista, que eso no eran veinte minutos, que eso era el viernes. Le pregunté por el chico que le ayudaba, uno que estuvo un par de años detrás del mostrador. «Se fue a trabajar en un almacén. Aquí no hay relevo, hija.»
Salí pensando en eso del relevo. Y luego pensé en la ferretería que cerró en la esquina de abajo, donde ahora hay una tienda de móviles reacondicionados. Y en la mercería a la que iba mi madre a por cremalleras, que echó el cierre sin avisar, un agosto, y ya no volvió a abrir.
Cuando cierra uno, no abre otro
En un barrio cierran negocios constantemente. Bares, peluquerías, tiendas de ropa. Lo que pasa es que casi siempre abre algo detrás, a veces del mismo ramo. El hueco se rellena y a las pocas semanas ya nadie se acuerda de qué había antes.
Con estos tres oficios pasa algo distinto: cuando cierra uno, en su sitio abre otra cosa. Nunca otra mercería. Es un goteo silencioso, sin titulares, que solo se nota cuando un día necesitas una llave de paso o un botón que haga juego y tienes que cruzar dos barrios.
Si quieres ponerle números, existen. El INE publica el DIRCE, que cuenta las empresas activas por rama de actividad, y los ayuntamientos manejan los epígrafes del IAE, que es donde cada negocio declara a qué se dedica. Es un buen sitio para hurgar si te gustan las hojas de cálculo. Pero para lo que nos ocupa no hace falta bajar al decimal: basta con recorrer tu propia calle y contar cuántos de estos hay. Casi seguro que menos que hace diez años, y casi seguro que los mismos que había hace veinte, envejecidos.
Las ferreterías
La ferretería de barrio compite contra dos frentes a la vez. Por arriba, las grandes superficies de bricolaje, que están fuera de la ciudad pero tienen de todo y abren los domingos. Por abajo, la compra por internet, que te trae un juego de brocas a casa por cuatro euros.
Lo que ninguna de las dos te da es al señor que mira el trozo de grifo que le has traído en la mano, lo hace girar dos veces y te dice exactamente qué pieza necesitas. Ese diagnóstico gratis en el mostrador es la mitad del negocio, y es justo la mitad que no se puede empaquetar ni enviar.
Las mercerías
Las mercerías son las que peor lo han pasado, porque su cliente natural, la persona que cosía en casa por necesidad, prácticamente ha desaparecido. Coser un descosido salía más barato que comprar una camisa nueva; ahora ya no está tan claro.
Las que aguantan lo hacen porque han cambiado de público sin cambiar de tienda. Ya no venden a quien remienda: venden a quien borda por gusto, a quien hace punto los domingos, a la gente del teatro y del disfraz, a las modistas que quedan. Cajones de madera hasta el techo, hilos ordenados por gama de color y una señora que te encuentra el tono exacto de tu chaqueta a la primera.
Los zapateros
El zapatero remendón vive de una idea que estuvo mal vista durante veinte años: arreglar en vez de tirar. Con el calzado barato, llevar unos zapatos a arreglar salía a cuenta solo por sentimentalismo.
Eso está girando un poco. Ha vuelto gente joven a poner medias suelas a las botas buenas, a que le cambien las cremalleras, a que le arreglen el bolso en lugar de comprar otro. Muchos zapateros han sumado copia de llaves, mandos de garaje, plastificados y algún arreglo de piel, y con esa mezcla van tirando.
Qué mantiene en pie a los que quedan
Si te fijas en los que siguen abiertos, casi siempre se repiten tres cosas.
- El local es suyo. Es el factor que más pesa, con diferencia. Un negocio de estos mueve un ticket pequeño y muchas visitas; si encima tiene que pagar una renta de mercado en una calle céntrica, no salen las cuentas por mucho oficio que haya detrás. Los que compraron el bajo hace décadas, o lo heredaron, juegan otro partido.
- Tienen clientela profesional. El fontanero que pasa cada mañana a por material, la comunidad de vecinos, el bar de al lado, la modista del cuarto. Esos clientes no comparan precios en internet: necesitan la pieza ahora y sin desplazarse. Ese ingreso constante es lo que sostiene el mes.
- Reparan, no solo venden. En cuanto un negocio arregla algo, deja de competir por precio. Nadie te cambia una suela desde un almacén logístico.
El cuarto factor no sale en ningún registro y es el más frágil: que haya alguien dispuesto a coger el testigo. Muchos de estos comercios cierran el día que su dueño se jubila, con la clientela intacta y las cuentas saneadas, simplemente porque no hay quien siga.
Cómo encontrar la que te queda cerca
Merece la pena localizarlas antes de necesitarlas, que es cuando uno tira de lo primero que aparece. Un par de trucos de vecina:
- Pregunta en el bar de la esquina y en la administración de fincas de tu portal. Los porteros y los administradores saben quién arregla qué en cada manzana.
- Mira las calles interiores, no las principales. Estos oficios sobreviven donde el alquiler es más bajo, a una o dos travesías de la avenida.
- Busca por tipo de negocio en tu zona en directorios de comercio local como niar.app, y luego confirma el horario por teléfono. Muchos cierran a mediodía y bastantes no abren por la tarde los viernes.
- Apunta el número. La mitad de estas tiendas no tiene web, y si buscas «ferretería» a las ocho de la tarde con la cisterna perdiendo agua, no vas a tener paciencia.
Este fin de semana date una vuelta por tu barrio mirando los bajos con calma, sin entrar a comprar nada. Vas a encontrar por lo menos uno de estos tres que llevabas años pasando por delante sin verlo.